La esperanza no puede ser algo utópico

(Miguel Ángel Escribano Arráez, en Carthaginensia). En los tiempos que corren nos encontramos con la necesidad de buscar esperanza en aquello que hacemos y sobre todo en el futuro que nos espera. Pero la esperanza no puede ser algo utópico, sino que debemos basarla en la realidad de la vida que tratamos de vivir cada día.

Por ello, este libro nos muestra cómo la Esperanza que nos impulsa a vivir debe partir en primer lugar de considerar a la persona humana como un «animal esperanzado». Con ello el autor nos introduce en el planteamiento antropológico del libro. Donde el hombre lo primero que trata de entender para vivir es la búsqueda de un espacio seguro que le lleve, no solo a quedarse en el lugar donde se encuentre a gusto, sino sobre todo un camino que le lleve a progresar en ese espacio de comodidad.

La cuestión es darnos cuenta de que la esperanza de la que nos habla el libro no es la esperanza del soñador, ni la irreal que no llega a cumplirse, sino más bien aquella que surge de la racionalidad del hombre y que hace que se fundamente en actos prudentes que se pueden llevar a cabo y sobre todo cumplir.

Esta esperanza se funda en la Sagrada Escritura, en los Evangelios y sobre todo en la plabra de Jesús, que no es utópica sino real, parte de las personas a las que confía la necesidad de ponerse en pie, y para las que la fe no es una utopía sino la acción que les salva.

Todo ello nos lleva a la mejor esperanza que nos muestra Jesús, que no es otra sino la relación con las personas que además son débiles y no entienden la propuesta de Jesús, cuya conclusión la vemos en el abandono de algunos discípulos en los momentos más duros, y sin embargo él no pierde la esperanza en la conversión de sus discípulos, si bien no todos llegan a comprender esa posibilidad de conversión, como se observa en Judas.

El siguiente capítulo es tratar de conjugar la sociedad con nuestra fe y no cabe otra forma que no sea dando un valor prioritario en un mondo de relaciones a la solidaridad, al darnos cuenta de que la esperanza es el sentido útlimo de todo encuentro con los otros. Por ello el autor nos invita a redescubrir la libertad que debe dejar de lado el individualismo que últimamente ha marcado el sentido de la libertad de la persona.

En definitiva, el autor nos lleva a una esperanza humana, con una base evangélica, motivada por las relaciones entre personas y donde la solidaridad y la socialización se hacen necesarias.

Miguel Ángel Escribano Arráez

Carthaginensia nº 72, vol. XXXVII (julio-diciembre de 2021) 678.

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